Doblé la pijama al fin y la metí al fondo de la maleta, como convenciéndome de que todo había pasado y que tenía el control, otra vez. Salí a paso lento pero con mirada doblemente curiosa para no perderme de nada. Ni un sólo día menos de viaje. Estaba decidida. Había que disfrutar la vida por dos, de todas formas. Por fin podía conocer esa ciudad que intuía desde el cuarto del hospital con la horrible incertidumbre que tienen los enfermos y aunque le daría vueltas a Hue en triciclo, para evitar la fatiga y también una recaída, volvía -de nuevo- a viajar.
Empujada por las piernas de un vietnamita que jadeaba en estéreo para conseguir una propina extra, conocí las historias de la primera ciudad de VietNam, yendo de norte a sur, que guarda vivas las huellas de una guerra muy reciente. Hue está destruida. Dicen que está en reconstrucción, pero es más el daño en sus antiguos palacios, en su Ciudad Prohibida -y Púrpura- y en el recuerdo de su gente, que la restauración de su pasado. En Hue, gracias a las historias que se cuentan, imaginé por primera vez el cielo azul de VietNam, de color naranja. Lo vi lleno de aviones camuflados volando bajo, lo sentí furioso por el ruido de los motores en guerra. Vi la tierra bombardeada saltar por los aires con tanta fuerza que entendí el dolor que puede costar evitar una invasión, el esfuerzo de defenderse hasta con los dientes por más chiquito que uno sea. Y sin darme cuenta, ya no pensaba en la batalla que yo había librado. De pronto, paseando por el barrio antiguo de Hue, entre historias de un pasado bien presente, flores de loto nacidas desde lo más profundo y muros agujereados que sirven para la memoria -y de prueba-, mis aventuras eran lejanas e inofensivas. De pronto sentí que era mi día de suerte. Mi proceso de reconstrucción tenía el mejor de los pronósticos y los huecos de mis balas sanarían sin, casi, dejar huellas.
Es triste darse cuenta que a veces el dolor ajeno alivia el propio.
Que te mejores pronto, Hue.
Varios meses desde Viet’Nam y miles de kilómetros, pero mi cerebro se ha quedado estancado en Hue. Un accidente, una desgracia, una gracia de la vida que poca risa dio. Un aprendizaje que no sé contar. Un asunto que no sé describir. Un capítulo inolvidable, un pasaje de viaje con un antes y un después. La definición de tantas cosas. La respuesta a mil preguntas. La salida, quizá.
Lo grabé como crónica hablada, lo narré al derecho y al revés. Lo escribí clarito. En blanco y en negrito. Lo borré, lo volví a escribir y lo guardé.
Algunas cosas no son publicables. O hay cosas que no quiero publicar.
Después de casi un año desde Viet’Nam y mirando atrás, hay por donde avanzar pero diferentemente. Sin sombra y con luz. Desde aquí y a la distancia. De lejos y de adentro.
De mi para ti.
Y para ti también.
Entramos a Viet’Nam sin ojos, sin oídos y sin orientación. Los caminos mojados de lluvia, los arrozales inundados a tope, las casas delgadas y desgastadas -que me recordaban a Cuba- y las flores de loto por todas partes, nos daban pistas claras de dónde estábamos, mientras un ciclista con sombrero cónico nos lo confirmaba. Habíamos pasado la frontera y teníamos hacía una hora el sello de la República Socialista de Viet’Nam en nuestros pasaportes -y la impresión de la sonrisa vietnamita de bienvenida (tan lejana y a la vez tan cercana a la del chino que nos dio el adiós después de más de un mes en su país)-, pero estábamos perdidos igual. Por esas decisiones equivocadas de la vida, habíamos comprado algo así como “La Guía Azul del Sudeste Asiático” y solo con ojearla -quizás acostumbrados a “La Biblia”- nos sentíamos perdidos de verdad. Convencidos que nuestra mala compra nos haría viajar muy, pero muy mal, conseguimos copiar de otros compañeros de viaje unas cuantas referencias en nuestra libreta de notas y apuntamos como tarea urgente comprar una guía que nos guíe en serio. Haciendo apología a la Lonely Planet -y ya nos gustaría que nos patrocinen el espacio- quedamos convencidos que hasta ahora no se ha inventado un mejor manual para viajar y que hasta una copia -no tan mal hecha por suerte- no nos vendría mal. Contribuimos con la piratería sin cargo de conciencia y tiramos el otro ejemplar. Más tarde sabríamos que Viet’Nam es el país con las cifras más altas de piratería en el mundo y que habíamos sumado a su record un número más. Con facilidad aclaramos el camino a seguir y definimos nuestros siguientes pasos hacia la Cochinchina. Por su forma alargada tampoco habían muchas rutas qué tomar -de norte a sur o de sur a norte-, así que después de un primer encuentro cercano con Ho Chi Minh y la capital de un país que nos marcó la vida -y no es exageración-, acertamos en regalarnos el capricho de dormir un par de noches en una antigua embarcación de madera en el -mal llamado- Mar del sur de China. Rodeados de casi 2000 islas maravillosas nadamos, remamos y exploramos una de las 7 maravillas naturales del mundo, la Bahía de HaLong -que suena mucho mejor en inglés-: HaLong Bay.
Desde la ventana del tren que nos lleva a Viet’Nam, el sol acribilla incluso dentro del vagón con A/C. Por aquí han pasado comerciantes expertos en vender LoQueSea aprovechando el aburrimiento de los viajeros y han ofrecido, al punto de convencer a varios, hasta los objetos más innecesarios convertidos en necesidad. Toallas súper absorbentes sometidas con éxito a difíciles pruebas de agua, filtros anti nicotina para los chinos en quiebra, cepillos de dientes con ingeniería master-daster acompañados de pasta dentífrica para combatir las manchas más antiestéticas, lápices portaminas con varias minas irrompibles –cosa extraña si las minas no se rompen- y hasta juegos metálicos de lógica repartidos por las mesas, como para invitar a pasar el tiempo y de paso enganchar a los más cabezones y porfiados del vagón. A punta de choclos recién hervidos, sopas ramen en balde y frutas chinas de estación compartidas con los compañeros de asiento, entretuvimos nuestros estómagos mientras nos acercamos al Paso de la Amistad, nombre que le pusieron a la frontera que cerraron durante décadas pero que hace unos años, tanto chinos como vietnamitas, decidieron reabrir en pro del buen intercambio comercial, aunque la amistad aun esté en entredicho. Sin pistolas a la vista, con el único inconveniente de que el policía de frontera no había oído jamás el nombre de nuestro país, entramos caminando una calurosa y húmeda mañana a la República Socialista de Viet’Nam, el país que pese a haber vencido, tras sangrientas guerras, a las potencias más grandes de estos tiempos: EEUU, Francia y China, poco o nada sabe sobre nuestro Perú.
Finalmente dejamos China. No porque queríamos sino porque nuestras cinco semanas en ese país se terminaron. Y se terminaron rápidamente. Aunque ampliamos nuestra visa por unos días para poder llegar a la frontera sin tanta prisa, el tiempo se nos hizo agua y conocer el Gigante a fondo quedó como una tarea, diría yo, de titanes.
Este video muestra lo que es China -Zhongguo- por dentro. Hasta en los barrios más ostentosos, siempre habrá una calle al estilo Nanning asomándose por allí. Con toda su desigualdad, con toda sus realidades plagadas de informalidad.
Adiós China. Hasta la próxima.
Para llegar a Longji, se viaja durante dos horas desde Guilín -una de las ciudades grandes que hay al sur del país- para ver las terrazas de arroz más famosas de China. Fotografiadas en cualquier momento del día, en todas las épocas del año y de todos los ángulos, casi siempre las fotos son maravillosas y hay inagotables postales de esa zona. Diría yo que Longji -aunque no encontramos información en nuestra Lonely Planet- es uno de los orgullos nacionales de China.
En realidad, las terrazas son iguales que nuestros andenes. Cumplen la misma función, aunque las terrazas son más fotogénicas. Se trata de la adaptación inteligente a un terreno montañoso para las necesidades agrícolas de, en este caso, una antigua minoría, que hasta hoy, 700 años después, vive en el mismo lugar y se mantiene de la misma actividad económica.
Sin embargo, Longji es más que dominar el vértigo para contemplar desde la cima cómo por siglos una geografía incómoda ha servido a esta minoría. Longji, es también conocer a las mujeres Yao, las valientes domadoras de estas montañas, que entre su vestimenta -un tanto andina-, la agilidad con la que caminan por los bordes de las terrazas y esos peculiares peinados que esconden metros de pelo, los andenes quedan preciosos como un telón de fondo único y muy chino.
La costumbre de las Yao es llevar metros de pelo encima. Todo el pelo que les ha crecido desde que nacieron y, en la medida de lo posible, largo hasta el suelo. La tradición es cortarse el pelo por primera vez cuando se convierten en mujeres -entre los 13 y los 18 años. Ese mechón lo guarda la abuela hasta el día de la boda de su nieta, cuando le corta por segunda y última vez en su vida el pelo que le ha crecido. Supuestamente, el día del casamiento todas las partes de pelo, unidas, forman un peinado ornamental muy parecido al que llevarán por el resto de su vida. Ese peinado que algunas, por la módica suma de 10 yuanes -un dólar-, se atreven a mostrar.
A veces, las mujeres Yao -las han visto quienes tienen suerte- se reúnen a los pies de las montañas y se lavan y peinan en el río, todas juntas, esas largas melenas. Dicen -los que han estado cerca- que es un espectáculo lleno de cantos y alegría.
A nosotros, la suerte nos llevó a tomar un té con ellas, a una de las casas de madera que han construido en la parte alta de la montaña y donde se reúnen en comunidad cada tarde, hombres a un lado y mujeres al otro. Me enseñaron a coser el detalle de unas telitas que se ponen sobre sus enormes moños - aunque luego descosieron mi parte-, y me invitaron deliciosas semillas de flor de lotto mientras conversábamos entre risas y señas. Nos entendimos bastante bien y, sin duda, fueron las chinas más simpáticas con las que conversé durante todo el viaje. Nuestra amistad cojeó por un momento cuando decidieron comparar el ancho de mis piernas con las suyas -¡cómo se reían!-, sin embargo todo mejoró cuando entendieron que las patiflacas eran ellas.
Aunque estan acostumbradas a los turistas y curiosos, una de las mujeres salió a despedirnos con más atención de la que esperábamos. Fue una despedida emocionante y muy cariñosa, de esas que continuan hasta que te pierden de vista. Tal vez fue en representación de las fantásticas mujeres de Longji. Tal vez lo hizo a título propio. En todo caso, fue un verdadero honor.
¡Larga vida para esta minoría llena de fuerza y energía!
Una de las recomendaciones básicas que nos hicieron cuando recién llegamos a China -exactamente en Xi’an-, fue ver, en Yangshuo casi en la frontera con Viet’Nam, la obra que presenta el director SanJie Liu, reconocido por su trabajo en la inauguración de Beijing 2008, con coloridas y multitudinarias coreografías de perfecta sincronía.
Sin embargo, no ibamos a ir, pues nuestro presupuesto de backpackers no encajaba con tremendo gasto, equivalente a tres noches de hotel. ¡Horror! Las lluvias en el sur del país también habían complicado la situación, pues al ser el escenario del espectáculo el río que atraviesa la ciudad, por exceso de caudal varias veces se había suspendido la función.
Una tarde, perdidos en el campo, encontramos entre las montañas de cuento unos cañones de luces enormes que apuntaban hacia arriba. De pronto el río apareció en su mejor ángulo y más allá otras montañas, también rodeadas de luces. Reconocimos las dimensiones del escenario, lo imaginamos de noche, todo iluminado de golpe y con cientos de personas actuando. No pudimos evitarlo, compramos los tickets y vimos Impression.
La historia contada en chino, no impidió comprender que la historia sucede en torno a la vida de los pescadores y agricultores de la zona, resaltando la cultura y el folklore de la región en todo momento. Por supuesto que la coordinación es al milímetro, sobre el río, es decir, sobre barquitas que mueven a los 600 actores -en su gran mayoría gente del campo- como si flotaran en el escenario, que es lo que en realidad hacen.
Mucho rojo, mucha armonía, muchas luces, música excepcional. Muy impresionante, de verdad.
Como suele suceder, no dejé de preguntarme ¿cómo no tenemos un espectáculo así en Perú, en uno de nuestros maravillosos escenarios naturales, con nuestra gente hermosa, con los colores de sus trajes típicos y con nuestros bailes y costumbres? Sería una parada obligatoria para todo turista, nacional e internacional. ¡Y podríamos cobrar un montón!
¿Algún SanJie peruano por allí?
Por fin nos alejamos de las luces de neón y lo hicimos deslizándonos en un bamboo-boat hacia los primeros campos de arroz de China -y del Sudeste Asiático. Aunque en realidad el barco no era de bambú sino de tubos de PVC y el deslizamiento fue una competencia a motor entre botes llenos de turistas -¡el nuestro ganó!-, la sensación fue casi la misma, navegando a una buena velocidad sobre el río Li y entre montañas de impresión que no caben en fotos, y si caben no se les hacen justicia jamás. Son tan impresionantes esos muros de piedra y vegetación, que los billetes de 20 yuanes los muestran en su revés como un orgullo nacional, que definitivamente son.
Así se llega a Yangshuo, una ciudad tomada por viajeros hambrientos de naturaleza, que pasan días paseando en bicicleta por los arrozales y que no paran de explorar las distintas rutas montañosas hasta reinventar la típica foto del agricultor o agricultora, con sombrero cónico, dejándose la espalda en medio de los verdes campos.
Pero en Yangshuo no sólo se suspira cuando el viento peina las espigas como si las contara una a una, sino también si, como en nuestro caso, se vive con una familia china, en una especie de hostal pero a puerta cerrada.
La experiencia con la familia del Sr. Wei -chino de pura cepa que hasta perdió un dedo de niño en los arrozales- empieza cada día a las 8 de la mañana con clases de taichí en la calle -mientras su vecino, infaltable espectador, fuma y luce su estupenda pijama de dos cuerpos dorada. Luego, él mismo -el vecino no, sino el sr. Wei-, con ayuda de su esposa, alimenta a la tropa que pronto partirá a bicicletear o a caminar por los arrozales. Un desayuno con frutas de estación, miles de tostadas, mantequilla de maní y té chino. A las 6 en punto de la tarde, la mesa, para los hambrientos aventureros, estará servida con toda clase de deli-platillos sobre un “lazy susan” enorme que al terminar se vuelve el centro de una prolongada sobremesa de lo más variopinta.
Un día, después de ver cómo se preparaban los 15 platos que sirvieron esa noche, con ayuda del abuelo inclusive, el Sr. Wei -que es relativamente jóven pero le encanta que lo llamen Mister-, nos enseñó a escribir en chino. Clases de caligrafía con plumas, tinta china y papel de arroz. Descubrimos entonces, como se pronunciaban los nombres de nuestros países y de paso supimos que hasta ese momento ningún chino nos había entendido de donde veníamos. Pues Perú se dice Bi-luu, Canadá es Jánada, Francia es Fa-Guo, Inglaterra se dice In- Guo, Camboya es imposible de adivinar porque es Tiemposet y Chile es Chir-ly. Todo con esa cadencia en la última sílaba tan característica de las lenguas asiáticas, porque, sino, tampoco te entienden.
En fin, que nos quedamos 3 días más de lo pensado y aprovechamos para ver Impression, de Sanjie, el director de la inauguración de Beijing 2008. Un espectáculo en medio de las montañas y con 600 personas en escena, que hace pensar en las posibilidades que tienen países como Bi-Luu, con tanto potencial y arte.
Nos fuimos de Yangshuo con algo así como la bendición del Sr. Wei. Como si nos hubiera dado, con esa calma y parsimonia de maestro oriental, la aprobación para seguir nuestro camino. Y así seguimos.